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Hace un siglo, en El Retiro...

Madrid, 21.8.1917
Hace un siglo, en El Retiro...
Hace un siglo, en El Retiro...

Unas seis mil personas asistiendo a la representación de Aida, de Verdi, en la chopera del Parque del Retiro de Madrid. Era el 21 de agosto de 1917. Así se entretenían las noches de verano de la capital hace un siglo. Por otra parte, solo un capítulo más de la historia de amor de este parque con el teatro. Hay que decir que El Retiro ha estado relacionado con las artes escénicas desde siempre.

Al rey Felipe IV – el Rey Planeta, el rey de Velázquez y de Calderón - le gustaba pasear por la finca que el Conde Duque de Olivares tenía a las afueras de Madrid, hacia levante. El Conde Duque construyó para recreo del rey un palacio, donde este pasaba algunos días del verano. Por ser así, se conoció como El Retiro. El eje de aquel nuevo palacio sería el Salón de Reinos, hoy cerrado y hasta 2009 Museo del Ejército, para cuya decoración, entre otros muchos, se pintó el cuadro La rendición de Breda. El palacio del Retiro se convirtió en la residencia del rey con Felipe V y dejó esa función al construirse el Palacio de Oriente – que está en Occidente – en 1964, con Carlos III. En 1767, los jardines se abrieron para el disfrute de los madrileños. En las zonas del Palacio que daban al paseo del Prado, se planearon el Jardín Botánico y el Gabinete de Historia Natural – hoy, el Museo del Prado – en tanto que, un poco más arriba, en el cerrillo de San Blas, se abría el Observatorio Astronómico en 1790. La presencia de Napoleón, las destrucciones de los ingleses y la dejadez de varias décadas llevaron a que de aquel palacio que ocupaba lo que se conoce como barrio de Los Jerónimos quedasen el Casón, el Salón de Reinos y los jardines.

Si todo esto había comenzado con Felipe IV, tenía que haber teatro. De hecho, hubo teatro en muchas estancias del palacio, incluido el estanque. Con todo, en 1640 se construyó un teatro cuyas características daban opción para grandes espectáculos, con un escenario de casi doscientos metros cuadrados. Fue, por ejemplo, el espacio de los éxitos de Farinelli, en tiempos de Felipe V. Como lo demás, fue derruido. Pero en una parte de aquel lugar se construyó un teatro “de verano” a finales del siglo XIX. El Teatro de los jardines del Buen Retiro estaba situado donde en 1918 se construiría la Casa de Correos, hoy sede del Ayuntamiento de Madrid.

De modo que aquel teatro de verano ofrecía, con los recursos prestados por este, algunas producciones del Teatro Real, en condiciones bastante más humildes y con precios más populares: por una peseta se podía estar en la entrada y escuchar la función. El repertorio incluía también zarzuelas, género chico, juguetes cómicos… En aquel último verano, en 1917, echó el telón con una pieza de García Álvarez y Casado, El cabo Pinocho, al parecer con muy poco éxito.

Pero aquel lugar donde los madrileños pasaban el verano ofrecía un nuevo espacio para un gran acontecimiento: cerca de seis mil personas asistieron a la representación de Aida, de Verdi, en el llamado Teatro de la Naturaleza, que se ubicaba la Chopera del Retiro, un espacio muy grande donde hoy se ubica un polideportivo y el llamado Bosque del Recuerdo, dedicado a las víctimas del atentado del 11 de marzo de 2004.

El 21 de agosto de 1917, en la Chopera de El Retiro, se presentaba un proyecto ambicioso: El teatro de la Naturaleza. Una iniciativa de la Asociación Hijos de Madrid, una sociedad benéfica que al año siguiente se convertiría en dueña del Teatro Odeón – hace algunas semanas anotábamos la inauguración de esta sala en 1917 -,  que presentó un espectáculo de gran lujo en decorados: pirámides, templo de Osiris, esfinges, cariátides; con magnífico vestuario, con gran orquesta y coros, con un buen cuerpo de baile y cantantes de la más alta calidad, encabezados por el tenor José Palet. (En la fotografía, tomada de la revista El Teatro, de 1909)

Sin embargo, la excelente presentación del espectáculo no tuvo su correspondencia con la organización en lo que concernía al público asistente. Para empezar, los espectadores tenían que sortear los obstáculos de las obras de pavimentación que se estaban realizando en la calle Alfonso XII y que hacían muy difícil el acceso al parque. Ya se sabe, aquello de “Qué bonito va a quedar Madrid cuando lo acaben”. Al llegar a la Chopera, los espectadores que habían pagado su entrada numerada se acomodaban en los asientos. Los demás, que habían pagado una peseta – lo que se conocía como “entrada de paseo” -, tenían que hacerse a la idea de presenciar de pie un espectáculo que, con los descansos, se iba a poner cerca de las cuatro horas. No había dónde sentarse y los guardias no permitían usar los bancos de los alrededores por estar esas zonas poco iluminadas. Esto llevó a una parte de aquellos espectadores “peseteros” a rendirse antes del último acto. En lo referente al escenario, como ya hemos dicho, un rotundo éxito.

El teatro ha seguido estando presente en este parque, desde los autos sacramentales montados por Luis Escobar con el Teatro Nacional en los años cuarenta a los Dimonis de Comediants en los ochenta. Hoy existen dos espacios dedicados al teatro dentro del recinto: el teatro de títeres y el Centro Cultural Casa de Vacas.

Desde hace un año, en aquel cerrillo de San Blas donde Carlos III edificó el Observatorio Astronómico, el Centro de Documentación Teatral ocupa una planta de lo que fue la primera Escuela de Ingenieros de Caminos. Apenas un paseo de tres minutos para llegar a aquel lugar donde hace un siglo cantaba Radamés su amor a la celeste Aida.