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Efemérides

'Bodas de sangre' en los años oscuros

Teatro Barcelona de Barcelona, 18.12.1946
'Bodas de sangre' en los años oscuros
En 1946, Juan Germán Schroeder devolvió por una noche la palabra de Lorca al escenario en Barcelona
El pasado verano recordábamos los ochenta años de su ausencia enumerando las obras que no llegaron al papel. La casualidad de los números nos devuelve ahora, al terminar el año, otro recuerdo referido a Federico García Lorca.
Hace pocos años, en 2012, el director de escena Jorge Eines proponía una mirada muy especial sobre Bodas de sangre, de Federico García Lorca, ubicando la obra en una representación teatral en 1941, en lo más crudo de la dictadura franquista. La propuesta resultaba violenta, difícil, muy sorprendente. Oír la palabra de Lorca en ese entorno resultaba poco menos que inverosímil. Sin embargo, ocurrió. Esa palabra de Lorca pronunciada en los infiernos que había imaginado la compañía Tejido abierto resonó en un teatro de Barcelona en 1946, gracias al empeño de un joven y valiente director de escena llamado Juan Germán Schroeder.
El nombre de Juan Germán Schroeder es poco conocido entre los profesionales y aficionados más jóvenes; pero la Historia del Teatro le guarda un lugar importante, por su pelea y la calidad de sus trabajos a lo largo de cuatro décadas del siglo XX, en proyectos que tuvieron una gran importancia en nuestro país. Este barcelonés, nacido en Pamplona el 15 de abril de 1918 y fallecido en Barcelona el 29 de junio de 1997, se había despedido a lo grande de la profesión que amaba: su último espectáculo, en El café de la Marina, de Josep Maria de Sagarra, fue un enorme éxito en Barcelona, en el Teatro Romea, con cincuenta mil espectadores y cien funciones. Autor, adaptador y director de escena, fue el responsable, por ejemplo, de la Medea de Nuria Espert en 1958, 1963 y 1979. En los años sesenta adaptó para el Teatro Español Los siete infantes de Lara y El arrogante español y para el Teatro María Guerrero El anzuelo de Fenisa y La bella malmaridada; dirigió óperas en el Liceu y colaboró con Marsillach en la creación de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, adaptando Los locos de Valencia, de Lope de Vega, en 1986, y con Víctor García en el Teatro Nacional de Chaillot.
Mucho antes de todo eso, en los años cuarenta, un muy joven Juan Germán Schroeder había fundado un grupo, Teatro Estudio de Barcelona, en el que colaborarían otros jóvenes profesionales como Ana María Noé, Elisenda Rivas, Fernando Fernan-Gómez o Adolfo Marsillach. Con ese grupo logró que volviera a verse en un escenario una obra de Federico García Lorca, diez años después de su asesinato. El 18 de diciembre de 1946 en el Teatro Barcelona de Barcelona se presentó Bodas de sangre, con dirección de Juan Germán Schröder, interpretada por Graciela Crespo, José Sospedra, Josefina Casanova, María Callejas, Isabel Monasterio, Concepción Llach, Elisenda Ribas, Carmen Contreras y Luis Albalde. Se trataba de una función única, producida por el empresario teatral Jose María López de Llauder. Algo extraño, inesperado. Recordemos algo que hemos contado en esta misma sección: la familia de Lorca no permitió que se programase La casa de Bernarda Alba en el Teatro Lara de Madrid por entender que era un intento del Régimen de lavar su imagen hacia el exterior, dada la nueva coyuntura internacional. Estaba claro que aquella función única de un teatro de cámara no podía perseguir tales fines, de modo que la función tuvo lugar aquel día de diciembre de 1946, ante un teatro abarrotado que recibió la obra con interés y aplauso. No se puede decir lo mismo de la crítica, que, elogiando el trabajo de director y actores dejó sus comentarios poblados de espinas:
“Hay en Bodas de sangre, drama rural de la vieja Castilla, cuyos valores teatrales – en realidad escasísimos – no tratamos de descubrir, aciertos líricos de calidad, pero también imágenes carentes de aliento poético y evocadoras de la más prosaica vulgaridad. El teatro de García Lorca (al igual que el de Alejandro Casona, Rafael Alberti, Rivas Cherif y algún otro) encarnó en otro tiempo determinadas tendencias ideológicas y fue bandera en cuyos pliegues – de un tricolor subido – cobijó sus sectarismos una porción considerable del público. Tuvo por tanto su época. Aquella época de triste e imborrable recuerdo: de sangre, fango y lágrimas; de crímenes y blasfemias. Nosotros, que ya entonces opinamos de aquellos falsos valores de la poesía y la dramática, nos ratificamos en todo cuanto escribimos a propósito de Bodas de sangre y de Yerma, y de aquella tendenciosa Nuestra Natacha de Casona, que hizo más daño que cien discursos de Azaña o de Largo Caballero.” Así saludaba la representación el crítico José María Junyent en El Correo Catalán.

Estaba claro que no era el momento para la normalidad. La obra de Lorca siguió cubierta de silencio en nuestro país. Salvo una función en Madrid de La casa de Bernarda Alba con la compañía amateur La Carátula, dirigida por José María de Quinto y José Gordón en 1950 y la inclusión del Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías junto a una pieza de Stravinski en el Teatro de la Zarzuela, ya en 1959, en el Teatro de la Zarzuela. Veinticinco años después de su muerte, llegarían los montajes de Luis Escobar y Tamayo que buscaron su recuperación para los escenarios. Desde el final de la dictadura de Franco, se cuentan unas quinientas puestas en escena de textos de García Lorca en nuestro país, lo que corresponde al más universal de nuestros autores dramáticos. Pero es bueno recordar a quien lo puso en un escenario, contra viento y marea, en aquel tiempo de silencio.