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Efemérides

El primer estreno de Jardiel

Teatro Lara de Madrid, 28.5.1927
El primer estreno de Jardiel
En 1927, Hortensia Gelabert y Emilio Thuiller estrenaban 'Una noche de primavera sin sueño'

Hace noventa años, Enrique Jardiel Poncela debutaba como autor teatral. Una noche de primavera sin sueño fue estrenada el 28 de mayo de 1927 en el Teatro Lara por su compañía titular: Hortensia Gelabert, Emilio Thuiller, Concha Catalá, Salvador Soler Mari, José Balaguer y Guillermo Grases.

La última reposición de esta comedia fue en 2001, dirigida por Gerardo Malla y protagonizada por Pedro Osinaga y Blanca Marsillach. Citamos aquí las primeras páginas del prólogo del libro publicado por el Centro Cultural de la Villa con aquella ocasión:
 
“La noche del 28 de mayo de 1927, los actores Hortensia Gelabert y Emilio Thuillier mantenían esta conversación sobre el escenario del Teatro Lara de Madrid:
VALENTÍN (De pie a su lado.).-No soy un ladrón. Su perspicacia lo adivinó antes. Pero si yo le dijera la verdad de por qué he entrado aquí, usted no me creería. La verdad es siempre absurda. Me aburría esta noche en casa, señora. Vivo solo. Miento; vivo con un perro setter. No tenía sueño, no podía dormir. El veronal me desvela... Y me lancé a la calle. Vi una luz en esta habitación y me dije: ¿Si subiera a ver quién hay ahí?. Una flexión de miembros y me hallé en el balcón. Miré por las vidrieras; usted estaba hablando con su doncella. Entonces un caballero, cubierto con un abrigo, por debajo del cual asomaba el pantalón del pijama, abrió el portal y salió a la calle. Le vi desde el balcón. Iba muy excitado, y hablaba solo. Al pasar junto a la balaustrada pronunció entre dientes tres palabras, por las que comprendí que era su marido y que había regañado con usted.
ALEJANDRA.- Pues, ¿qué dijo?
VALENTÍN.- Dijo: ¡Es una imbécil! (Pausa larga.)
ALEJANDRA.- ¿Es cierto eso?
VALENTÍN.- Es cierto.
ALEJANDRA.- Júrelo usted.
VALENTÍN.- Lo juro sobre las cenizas de esos cigarrillos.
ALEJANDRA (Sonriente) - Tiene usted gracia.
VALENTÍN.- Gracias.
ALEJANDRA.- Y talento.
VALENTÍN.- ¿Se me nota?
ALEJANDRA.- Demasiado. Debe usted marcharse en seguida.
VALENTÍN.- No insista en eso. Me verían salir, y su reputación sufriría con ello mucho.
ALEJANDRA.- ¿Entonces?
VALENTÍN.- Saldré a las diez de la mañana, o a las once, y por la puerta principal. A nadie le extrañará mi presencia entonces. Y usted puede decir que soy un representante de la casa Ford, que ha venido a proponerle la compra de un coche.
(…) Era el estreno de Una noche de primavera sin sueño, la primera obra de un joven autor: Enrique Jardiel Poncela, de veintiséis años. Pocos días antes de que se cumplan cien años del nacimiento de este autor, el público madrileño puede volver a ver aquella su primera pieza en el Centro Cultural de la Villa de Madrid.
Hemos repetido lo de “su primera pieza” porque la cosa tiene su guasa. Jardiel se adelantó a sus estudiosos y dejó bien ordenado su planeta: Una noche de primavera sin sueño era su primera pieza teatral, a pesar de que antes de escribirla ya hubiese terminado sesenta y hubiese estrenado once – ocho en colaboración con su amigo Serafín Adame, una con Ernesto Polo y dos en solitario -; pero Jardiel dejaba bien clarito qué quería considerar como obra suya y qué como ensayos o productos de necesidad, y lo hacía en negro sobre blanco, en el prólogo de  Una noche de primavera sin sueño:
“Hasta allí no habían sido más que sospechas, pero en 1926 yo tenía la certidumbre de que todo cuanto llevaba escrito, solo y en colaboración, era lamentable y mugriento.”
Tenía veinticinco años y ya no se entendía con ese amigo con el que compartía cuarenta y nueve obras sin estrenar, de modo que se las cedió a condición de no figurar como coautor de ellas. Cuando se habla de la soberbia de Jardiel, de su autoestima, etc, sería conveniente siempre poner en la balanza este medio centenar de obras. Decir “esto no está a la altura de lo que me exijo” no es una cosa fácil, ustedes se harán cargo.
El caso es que, dada su propia exigencia, nos encontramos esa noche de 1927 ante la primera obra de Jardiel: una obra de la que se puede extraer un curso sobre cómo escribir una comedia, y que contiene un catálogo de recursos ejemplar, que lógicamente fueron enriqueciendo sus siguientes producciones.
Por si las obras no son suficiente materia de aprendizaje, Jardiel regaló a los espectadores – a los lectores – unos deliciosos y sabios  prólogos en los que refiere las circunstancias del estreno y la escritura de cada obra; en ellos, su análisis crítico sobre sus propias producciones desmiente su pose de hombre soberbio. Así lo decía él en el prólogo de Eloísa está debajo de un almendro:
“Por mi parte, situado, por desgracia, en esa región emplazada a cien codos sobre la vanidad, y que se llama soberbia, leer mis comedias a cualquiera me violenta lo indecible, por cuanto el que escucha se convierte automáticamente en juez y yo no admito más jueces – descontando al público, que paga por dar su fallo – que los que se hallan a mi mismo nivel.”
Más adelante, leyendo algún párrafo de sus autocríticas, el lector pedirá a los dioses que el teatro se llene de “soberbios” como Jardiel.
(…) ¿Quién era Jardiel? Hemos consultado a las empresas papeleras madrileñas y nos han confirmado que no hay stock suficiente en Madrid para poner en negro sobre blanco todos los rincones de una personalidad que, por individual, por no etiquetable, parece casi inaccesible. Fuera de bromas, esta introducción es un espacio demasiado limitado para responder con exactitud a esa pregunta. Porque Jardiel, como el protagonista de una gran novela de su siglo es uno, nessuno e centomilla. Jardiel es el hombre que saluda con entusiasmo la victoria franquista en la guerra civil y que vive y escribe de espaldas a esa España: Autor de novelas de éxito que deja de escribir novela al ver que las cuatro que tenía publicadas son prohibidas, que tiene que soportar la censura de algunas de sus obras por inmorales... Hombre tachado de misógino que cumple con responsabilidad un extraño papel de padre soltero, con dos hijas de dos mujeres distintas, con ninguna de las cuales contrajo matrimonio – hablamos de la España de los años cuarenta -. Escritor que se autotitula no vanidoso, sino soberbio, y que relata en los prólogos ya mencionados cómo acepta las críticas de aquellos a quienes respeta y añade a éstas algunas autocríticas feroces. Hombre que procede de una familia de raigambre judía aragonesa, a quien se tilda de antisemita, se apea de sus parámetros estéticos para dedicar una de sus pocas páginas serias y realistas a un alegato contra el racismo. Escritor de grandiosos éxitos del que constantemente se escribe que el público no supo entenderle. Qué público más tonto, que llenaba los teatros para ver cosas que no entendía. Hombre de un magnífico sentido del humor, que manifiesta en ocasiones la necesidad de sentirse rodeado de amigos, que a veces se refugia en la soledad y la amargura, que nunca abandona un rincón de la tristeza en el recuerdo de su madre, cuya muerte prematura le marcó para siempre. Hombre extremadamente conservador y aristrocrático según sus amigos, sale del Madrid republicano con la ayuda de la C.N.T. Tildado por los exilados españoles de embajador del franquismo, hace unas declaraciones por escrito a un periodista mexicano sobre Lorca – nombre absolutamente maldito en la España de los cuarenta – en estos términos: “Sí, silenciar la muerte de Lorca y no lamentarla oficialmente fue un gran error político y una inmensa injusticia artística y literaria. Fuese como fuese, García Lorca es ya inmortal, y jamás nadie le ha quitado ni le quitará la gloria.”
Como se puede ver, para un largo libro. Hay tres muy cariñosas e interesantes aproximaciones al hombre Jardiel disponibles en las librerías, escritas por Miguel Martín, Rafael Flórez y la propia hija del autor, Evangelina Jardiel Poncela.
Debería ser más fácil aproximarse a sus obras, pero, curiosamente, no hay muchos estudios en el mercado, escasean las ediciones críticas y se da la circunstancia, realmente lamentable, de que, en el año de su centenario, diez de sus veintitrés comedias no se encuentran a la venta. Casi la mitad.”
Esas palabras son de hace más de quince años. Jardiel sigue enamorando al público, como prueba el reciente éxito de su Un marido de ida y vuelta en el Teatro María Guerrero, con dramaturgia y dirección de Ernesto Caballero. Tal vez haya, entre nuestros lectores, quien conozca poco a este rey de la comedia. Aparte de sus obras en nuestra biblioteca, los usuarios del CDT pueden ver en nuestros fondos de vídeo una veintena de puestas en escena de sus comedias. Suban y disfruten.