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Efemérides

Un Amarcord catalán: No hablaré en clase.

Sala Cadarso de Madrid, 19.10.1977
Un Amarcord catalán: No hablaré en clase.
Dagoll Dagom llevó su obra a la Sala Cadarso de Madrid en octubre de 1977

“El gran resultado de la escuela de la que No hablaré en clase nos habla ha sido la despersonalización, el despoblamiento ideológico, la mediocridad cultural y el encuadramiento de la vacuidad. (…) No hablaré en clase es una parte de la historia de un despojamiento colectivo.” Así explicaba el espectáculo Juan Manuel Gisbert en la revista Pipirijaina, en enero de 1978.

No hablaré en clase fue uno de los mayores éxitos del teatro independiente durante los años de la Transición. Se había estrenado en el teatro de la Aliança de Poble Nou, en Barcelona, el 25 de febrero de 1977. A diferencia de otros grupos independientes, que no mencionaban los nombres de sus componentes, de esta obra conocemos el reparto, que integraron Araceli Buch, Gloria Martí, Josep Lluís Arrevola, Pepe Rubianes y Josep Perramon, y hasta los nombres de los técnicos: Maira Moreno y Quico Romeu. Joan Ollé era el director del grupo y el responsable de aquella puesta en escena.

Joan Ollé recordaba en un bellísimo artículo de 2014, en El Periódico de Barcelona, aquellos primeros tiempos: “Todo empezó en la barcelonesa parroquia de Sant Josep Oriol, donde unos estupendos monitores llamados Mercè Poal, Jordi Millà y Manuel Pousa (hoy, Pare Manel) dedicaban sus 25 años a acompañar a un puñado de adolescentes medio cristianos medio comunistas a ir entrando en esto que se le ha dado en llamar la vida adulta. Fue Mercè quien me hizo escuchar por primera vez a Leonard Cohen, Jordi a Jobim y a Manzanero, y fue con Manel con quién me confesé por última vez, a altas horas, en la discoteca La Lechuza de la calle de Tuset. Me absolvió. (…) Una vez disuelto el NGTU, la simpatiquísima Marta Mas -hija del presidente de un afamado club de básquet catalán-, el inclasificable Quico Romeu y un servidor  decidimos seguir reuniéndonos, otra vez al amparo de Sant Josep Oriol, para llevar a cabo algún tímido proyecto. El texto escogido fue Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos, un libro de poemas de Rafael Alberti en homenaje a los cómicos del cine mudo. Conocí en mi primer año en la Autònoma de Bellaterra a dos personas también fundamentales para el futuro del grupo, aún anónimo: Josep Parramon y Ferran Toutain. El bautizo tuvo lugar, después de arduas discusiones y disparatadas propuestas,  en el bar Guitó de Gran Vía esquina con Villarroel; allá decidimos que la criatura se llamaría Dagoll Dagom, palabras que el que suscribe utilizaba en su primera niñez para reclamar lápices de colores, maquinillas de hacer punta, papel  para dibujar o gomas para borrar. (…) Y luego llegó No hablaré en clase, un ajuste de cuentas con la escuela franquista que firmamos al alimón Josep Parramon y yo, y que la censura tachó en rojo. Enviamos a los periódicos una esquela primorosamente diseñada y presidida por una cruz -que publicaron gratuitamente- en la que comunicábamos la defunción del nonato montaje y que la sede mortuoria era el Ministerio de Información y Turismo de Fraga Iribarne. Al cabo de algunos meses pudimos estrenar, con la presencia de Pepe Rubianes entre los actores. Le ofrecimos estar con nosotros y nos dijo que le gustaría, pero que sus clases, el partido y la vida conyugal le ocupaban mucho más de las 24 horas del día. Al final, al decirle que solo lo representaríamos un fin de semana en L'Aliança del Poblenou, aceptó. Creo que No hablaré en clase rozó las 300 representaciones. Luego llegó el milagro de Antaviana, pero ya es otro cantar.”

En aquella larga gira entraron en el grupo Anna Rosa Cisquella y Joan Lluís Bozzo, los líderes de lo que es hoy, cuarenta años después, Dagoll Dagom.

Bozzo publicó en 2015 un muy interesante libro que relata su memoria de aquellos primeros años de Dagoll Dagom: Memòries trobades en una furgoneta. Els primers èxits de Dagoll Dagom. Traducimos al castellano algunos fragmentos de esa memoria recuperada:

“Me parece que una buena manera de comenzar a estirar el hilo de los recuerdos es situar la escena en el mes de julio del año 1977 en Palma. La joven e inestable compañía, de la cual yo aún no formo parte – en esos momentos soy el gerente de la temporada de verano que la Asamblea de Actores y Directores está haciendo en el Teatre Grec -, ha terminado tres semanas de actuaciones en la sala pequeña del auditorio, la sala Mozart, y, aunque se ha comenzado con muy poca asistencia de público, el boca oreja y la publicidad gratuita de Joan Manuel Serrat – que actúa en la sala grande del mismo Auditorio y que cada noche tiene la buena fe de recomendar a su numeroso público el espectáculo de Dagoll Dagom – han ido funcionando y al final la sala se ha llenado en todas las funciones. Pero a pesar del éxito que No hablaré en clase está teniendo allí donde se presenta, la compañía se está deshaciendo. Cada uno tira por su lado y no parece que en el futuro ninguno de los actores que han estrenado el espectáculo – aparte de Pepe Rubianes y Josep Perramon – tenga ningún interés en continuar. De una manera escalonada, Quico Romeu, José Luis Arrébola, Gloria Martí y Araceli Bruch dejan el proyecto, cada cual por sus razones particulares; y así nos encontramos en estos momentos de julio del 77 en que el espectáculo tiene mucha más fuerza que la compañía. Ahora estamos en el vestíbulo del Auditorio, y allí podemos ver una escena apresurada y sin ninguna retórica pero trascendental para el futuro de la compañía: su director, Joan Ollé, y su compañera, Maite Moreno, se despiden. Han decidido dejar Dagoll Dagom e ir a probar fortuna profesional sin el lastre de toda una compañía detrás. Joan Ollé ha descubierto un texto de Rodolf Sirera, Pny en la mort d’Enric Ribera, y está impaciente por ponerlo en escena sin depender de la compañía. Y esta noche de domingo le hacen entrega a Miquel Periel – que acaba de entrar en la compañía en sustitución de José Luis Arrébola – de la libreta donde está anotada de manera elemental la contabilidad. Ya he dicho que es una escena apresurada porque todo el mundo tiene ganas de ir a cenar y los porteros del Auditorio han apagado las luces del vestíbulo. Es, pues, una escena medio en penumbra. Además de la libreta, le hacen entrega de todo el capital de la compañía, depositado en una pequeña caja metálica de color verde con su llavecita: once mil doscientas cuarenta pesetas. (…)

No hablaré en clase (1977) fue el primer espectáculo profesional de Dagoll Dagom, entendiendo como profesional el hecho de recibir un dinero fijo y regular por el trabajo. Los actores de la compañía, cuyas edades oscilaban entre los dieciocho y los treinta años, se concedieron un sueldo de mil pesetas (seis euros) por bolo que, al principio de octubre de 1977, al comenzar la temporada en la Sala Cadarso de Madrid, se convirtieron en una nómina de cinco mil pesetas (treinta euros) semanales, todo incluido; el régimen de trabajo era espartano y consistía en vender los bolos por todo el Estado (el precio del bolo de No hablaré en clase era de 20.000 pesetas, 120 euros), enviar los carteles, conducir la furgoneta, cargar, descargar, y montar el decorado y las luces y, al final de todo, hacer la función. Vista la precaria situación del teatro independiente en aquellos años, la gente de Dagoll Dagom lo vivía como un auténtico privilegio; las giras continuadas por un Estado español en plena transición democrática fueron para todos ellos una gran lección de cultura autonómica, de geografía política y de gastronomía local.

No hablaré en clase se presentó antes de las primeras elecciones democráticas del país y hubo de soportar (¡todavía!) los lamentables trámites de la censura franquista, que, en una primera instancia, el 5 de octubre de 1976 prohibió completamente el espectáculo, de arriba abajo. En aquella época, el primer trámite que se había de cumplir para poder hacer una representación teatral – las representaciones amateurs también – era lo que se llamaba “Guía de censura”: una tarjeta de cartulina azul donde quedaba especificada, con todos los sellos y las firmas correspondientes, la autorización del Ministerio de Información y Turismo para representar la obra. Con todo, era más frecuente que, aun teniendo la guía de censura, esta apareciese, en forma de un oscuro funcionario, a ver el ensayo general del espectáculo con el fin de comprobar que se decían cosas no autorizadas y que no se mostraban partes indecentes de la anatomía. Hasta bien entrados los años setenta, era habitual que el censor que iba al ensayo general obligase a la compañía a alargar una faldita que encontraba demasiado corta o a tapar un escote demasiado indecente…, eso en el caso de espectáculos de destape como los del Molino, o, en el caso de los espectáculos del teatro universitario y/o independiente, a hacer quitar del decorado algún símbolo o bandera que pudiese ser subversivo y que no figuraba en el libreto censurado.

Dagoll Dagom publicó una esquela en los diarios de la ciudad hablando de No hablaré en clase como si fuese un difunto. Después de la prohibición, Joan Ollé y Josep Parramon volvieron a presentar el texto a la Junta de Evaluación del Ministerio de Información y Turismo – nombre bajo el cual se escondía la censura – cambiándole el título – Pan con aceite y azúcar y otras letanías – y con otros nombres para los personajes – una estratagema bastante habitual para esquivar la censura -, y a la segunda tentativa la obra fue autorizada de arriba abajo. En aquellos años, una de las personas que regentaba esta siniestra oficina era Marita Julbe, esposa del gobernador civil de Barcelona, José María Belloch, y madre del que fue ministro de Justicia con Felipe González, Juan Alberto Belloch.

Finalmente, en Madrid, la misma tarde del estreno se presentó el siniestro personaje del censor y se le hubo de hacer, para él solo, una representación íntegra de la función. Encontró una gran cantidad de momentos “irrepresentables”, que exigió que fuesen inmediatamente cortados, por lo que la función quedaba casi imposible de representar. Los responsables de la sala madrileña, Carlos Sánchez (exmiembro de Tábano) y Carmen García, movieron cielo y tierra y consiguieron que el director general de teatro del Ministerio de Cultura – ahora no recuerdo el nombre – que iba a venir al estreno, se hiciese responsable; y con este aval se pudo estrenar en la capital de España.

(…)

Una noche nos rondó la tragedia: concretamente el 20 de noviembre de 1977, segundo aniversario de la muerte de Franco, en la Sala Cadarso de Madrid, el pequeño teatro donde se representaba el espectáculo con gran éxito de público. De madrugada, unos desconocidos lanzaron un cóctel molotov por la ventana. Afortunadamente, la ventana que eligieron daba a los lavabos y el fuego no se extendió por el teatro, pero el susto fue enorme; tanto, que la Asamblea de Actores de Madrid organizó unos piquetes de seguridad que venían a proteger a los actores y los espectadores durante las funciones. Diversos actores y actrices madrileños nos hicieron de guardaespaldas durante aquellos días turbulentos.”

De aquellos días en la Sala Cadarso de Madrid hace ahora cuarenta años, ya que su presentación en Madrid tuvo lugar el 19 de octubre de 1977. La cita es larga, pero creemos que vale la pena compartirla aquí porque resulta un resumen claro y vivo de lo que significó lo que hoy conocemos como Teatro Independiente. Precisamente en la web El Teatro Independiente en España (1962-1980) ofrecemos una entrevista realizada por el MAE del Institut del Teatre de Barcelona a Anna Rosa Cisquella sobre la peripecia de Dagoll Dagom.

Dentro de ese proyecto sobre el Teatro Independiente, en otoño de 2016, el Pare Manel participaba en las jornadas que se desarrollaron en el Institut del Teatre de Barcelona. Es difícil encontrar a alguien que mencione en Barcelona al Pare Manel y no acompañe la mención con una sonrisa. En http://teatro-independiente.mcu.es/documentos/ se ofrecen las jornadas sobre teatro independiente de Barcelona. En el último de estos videos, al llegar a 2.09.00, encontraremos al Pare Manel desgranando recuerdos sobre los inicios de la Sala Villaroel de Barcelona y la participación de un casi adolescente Joan Ollé.

Joan Ollé, el creador y director de este “Amarcord catalán”, como lo definió Bosso, es una de las figuras fundamentales del teatro barcelonés de los últimos cuarenta años: profesor del Institut del Teatre, director durante diez años del imprescindible Festival de Sitges, miembro del equipo de dirección del Teatre LLiure… Como director de escena ha realizado unos ochenta montajes; el último, Desig sota els oms de O’Neill en el Teatre Nacional de Catalunya, se estrena en estos días de octubre de 2017. Nadie mejor que él para cerrar esta nota, con el final de aquel bello artículo de El Periódico:

“Cuando ahora leo u oigo Dagoll Dagom ya no pienso en mis lápices infantiles, pero sí en los pechos pioneros de Àngels y de Aurora, en la noche en blanco en casa de la Vergés descubriendo a Brel, en Josep Parramón  gritándome indignado: «Pero… ¿tú no conoces a Jaime Gil de Biedma?». Y en la dentadura carcajeante, valiente y atea del Rubianes cagándose en todo, incluso en la nostalgia. ”