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Extracto de la noticia publicada en elmundo.es , el 27.10.2017.
Pinito del Oro, la vida en un alambre

Foto: Maurice Seyhlour (Archivo CDT)

Pinito del Oro, la vida en un alambre

Fallecida a los 86 años, María Cristina del Pino Segura fue más que 'la' trapecista española: simbolizaba el éxito personal fuera de España.

Fallecida el miércoles a los 86 años, María Cristina del Pino Segura fue más que 'la' trapecista española: simbolizaba el éxito personal fuera de España, un nombre que se exportaba junto a Dalí, Joaquín Blume, Bahamontes y el Real Madrid. Pinito, que debutó en 1950 en el Ringling, el circo más famoso y exigente del mundo […]

Es difícil no ver a la Pinito funambulista / trapecista como una metáfora de unas gentes y una época que vivían diariamente en el alambre. Y de sí misma, porque no se puede estar más en el alambre habiendo nacido en 1931 en el seno trashumante de un circo regido por un padre y 11 tíos, Los Segura. No cabe mayor precariedad que ser, en ese circo, la menor de siete hermanos supervivientes de los 19 hijos habidos en el matrimonio Segura-Gómez. Pinito, protegida por una madre que deseaba preservarla, al menos a ella, de una existencia itinerante y azarosa, estaba, sin embargo, destinada al circo. La muerte de su hermana Esther la obligó a reemplazarla y la llevó del alambre al trapecio, donde reinaría. Pinito del Oro, que se bautizó artísticamente así por contraposición a otra trapecista llamada La Rita de Plata, fue tremendamente famosa en la España de los 50. Y aún, nostálgicamente, como una estela visible, como un eco audible, en la de los 60, cuando reapareció luego de haberse retirado a causa de varias graves caídas. A lo largo de su trayectoria se rompió dos veces el cráneo y tres las manos. Llegó a estar en coma ocho días con 17 años. Y tuvieron que operarle los pies, deformados por agarrarse con ellos al alambre, al trapecio... A la vida, donde, como ella bajo la carpa, todos trabajamos sin red.

La popularidad de Pinito se debió a su categoría artística y a la ausencia, en esa época, de personajes españoles de fama y repercusión universales. En los años 50, los del auténtico esplendor físico y artístico de Pinito, no exportaba España muchos talentos al mundo. Algunos deportistas: Bahamontes, Guillermo Timoner, Fred Galiana, Joaquín Blume, el Real Madrid al completo, Zarra y su gol «a la pérfida Albión»... Dos grandes pintores: Dalí y Miró. Un par de Premios Nobel: Juan Ramón Jiménez y Severo Ochoa. Otro par de películas premiadas en Cannes: Bienvenido, Mr. Marshall y Muerte de un ciclista. También alguien del circo, el payaso Charlie Rivel. Pinito, una española universal, era la mejor trapecista del mundo, premiada con los Oscar de la especialidad. Había doblado a la protagonista, Gina Lollobrigida, en Trapecio, al lado de Burt Lancaster y Tony Curtis. Había debutado en 1950 en el circo más famoso y exigente del mundo, el Ringling Bros. and Barnum & Bailey. […]

Adorada por el público, halagada por la prensa, Pinito era una inmejorable publicidad para una España necesitada de motivos de prestigio internacional. Franco era muy sensible a ese tipo de, digamos, propaganda indirecta del Régimen. Pero, paradójicamente, nunca llamó a Pinito a El Pardo. La trapecista, una honra nacional, no llegó a conocer al dictador. Una extraña indiferencia, una curiosa omisión del Generalísimo hacia quien, por añadidura, había nacido en Canarias, en Las Palmas, en el barrio de Guanarteme, huyendo desde Ciudad Real de las convulsiones políticas en la Península. […]. Pinito se retiró, con el cuerpo remendado, como un torero, en 1961. Y regresó en 1968. De nuevo víctima, en Laredo, de una caída terrible, dijo adiós definitivamente en 1970. Mary Santpere le cortó la coleta el 17 de abril, en la última velada del Price. Doble fin de una época dorada para un tipo de espectáculo que conoció en esos años su máximo esplendor. Pinito escribió tres novelas (La víspera, El italiano y Nacida para el circo), tuvo negocios hosteleros, hijos, nietos, un museo con su nombre y un nuevo compañero que la compensó de su fracaso matrimonial. Y suspiraba: «Nunca fui tan feliz como en el circo». (Carlos Toro)